SPFW N61: À La Garçonne
En la moda, algunos lenguajes se construyen precisamente donde las contradicciones dejan de resolverse y comienzan a coexistir. Lo crudo se encuentra con lo delicado, lo vintage comparte espacio con lo contemporáneo y lo que parece pertenecer a universos opuestos descubre, en el cuerpo, una forma de dialogar.
Escrito por
Escrito por Sarah Rocksane Araujo
Redacción, Moda y Belleza · 16 de octubre de 2026
En la colección de À La Garçonne, esta tensión se presenta como uno de los principales recursos para construir la identidad de la marca, que revisita elementos de su repertorio para reafirmar una estética marcada por la mezcla de referencias, materiales y temporalidades.
La colección presenta monos y vestidos de sarga con paisajes y motivos florales pintados a mano, piezas que retoman el imaginario de las cuerdas dibujadas en parkas, tênis, pantalones jeans y otros artículos que se volvieron reconocibles desde el debut de la etiqueta en el evento, hace diez años. En este retorno hay una memoria visual que no depende de una reproducción exacta del pasado para mantenerse viva. Los códigos reaparecen en nuevas composiciones, como fragmentos de una historia que sigue escribiéndose en cada colección. Las decoraciones de inspiración naval también regresan a la pasarela, ahora en diálogo con blusas de lentejuelas y camisas metalizadas, acercando referencias utilitarias a superficies que capturan la luz.
El encuentro produce un efecto interesante: la ropa no necesita elegir entre la aspereza y el brillo, entre la funcionalidad y el ornamento. Es precisamente en la convivencia de estos elementos donde À La Garçonne encuentra espacio para elaborar su lenguaje. Al recuperar motivos que han atravesado su trayectoria, la marca reconoce la fuerza de un repertorio propio, pero evita convertirlo en una fórmula estática. La memoria funciona como materia de experimentación, abierta a nuevas combinaciones e interpretaciones. Diez años después de su debut en el evento, los códigos que ayudaron a establecer su identidad continúan presentes, no como reliquias preservadas, sino como herramientas para pensar la vestimenta en el presente.

Las contradicciones atraviesan la colección también en la forma en que las piezas se combinan. Los vestidos de jacquard rosa aparecen acompañados de zapatos sociales masculinos, mientras los trajes se usan con zapatillas New Balance, generando encuentros entre formalidad y desenfado, delicadeza y pragmatismo. Las chaquetas inspiradas en los años 50 reciben detalles de tapicería de lana en la espalda, incorporando al vestuario referencias asociadas al universo de los interiores y al trabajo textil.
En otra composición, una falda rodada con estampado floral se encuentra con una camiseta sin mangas desgastada, acercando el cuidado ornamental a una apariencia deliberadamente envejecida. Estas elecciones no se reducen a contrastes visuales destinados a provocar sorpresa. Cuestionan la expectativa de que cada pieza deba obedecer a un código único de uso, acabado o asociación estética. El zapato social deja de funcionar exclusivamente como complemento de una ropa formal; el jacquard floral no necesita permanecer circunscrito a una idea convencional de feminidad; la superficie desgastada puede convivir con una construcción elaborada sin que una característica anule a la otra.


El styling asume un papel importante en esta operación: es a través de las relaciones entre piezas, texturas y proporciones que los elementos adquieren nuevos significados. Una chaqueta con tapicería de lana, por ejemplo, lleva una dimensión táctil que desplaza la percepción de la vestimenta más allá de la superficie habitual, mientras la camiseta sin mangas desgastada introduce una informalidad que impide que la falda floral permanezca atrapada en una imagen excesivamente romántica. La mezcla no elimina las historias de cada elemento, pero permite que se transformen al encontrarse con otras referencias.

Al reunir referencias navales, motivos florales, tapices, piezas vintage, sastrería y materiales de diferentes orígenes, À La Garçonne construye una colección cuya unidad nace menos de la repetición de una fórmula que de la manera en que los elementos se sitúan en relación. Lo bruto y lo delicado no necesitan reconciliarse en una imagen perfectamente equilibrada; pueden permanecer en tensión, revelando nuevas posibilidades en cada combinación.
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