Vicio en Sobre(vivir)

Escrito por

Rafael Silvério25 de agosto de 2026
Rafael Silvério

Escrito por Rafael Silvério

Moda · 25 de agosto de 2026

¿Hasta qué punto seguimos resistiendo al mundo — y hasta qué punto el mundo ha logrado convencernos de que solo sabemos existir cuando luchamos contra él?

Estamos viciados en sobrevivir, y este hecho empeora con grupos históricamente marginados. ¿Hasta qué punto la resistencia también se alimenta de la hipervigilancia y la obsesión por el inconformismo?

Estamos viciados en sobrevivir. Y quizá sea uno de los efectos más profundos de una sociedad construida sobre desigualdades históricas: transformar el estado de alerta en modo de existencia.

La pandemia fue uno de los acontecimientos más reveladores de nuestra generación. No creó todos los problemas que vivimos hoy, pero aceleró procesos que ya estaban en curso: la precarización del trabajo, el aislamiento, la ampliación de las desigualdades, la crisis de salud mental y una dependencia cada vez mayor de las tecnologías digitales para trabajar, relacionarse, consumir información y existir socialmente.

De repente, nos encontramos ante una amenaza colectiva. Salir de casa podía representar riesgo, el otro podía ser una fuente de contagio y el futuro, que ya era incierto para muchos, se volvió aún más impredecible. El cuerpo empezó a ser monitoreado, los números de muertes comenzaron a ocupar diariamente nuestras pantallas y la sensación de emergencia se convirtió en parte de la rutina.

La supervivencia, durante algunos años, dejó de parecer una experiencia restringida a determinados grupos y se convirtió en una sensación colectiva. Pero, como casi todo en una sociedad desigual, la pandemia no alcanzó a todas las personas de la misma manera. Para los grupos históricamente marginados, se superpuso a vulnerabilidades que ya existían. Personas negras, LGBTQIA+, mujeres, pueblos indígenas y poblaciones económicamente vulnerables no entraron en esa crisis desde el mismo punto. El racismo, la desigualdad económica, la discriminación, la precariedad laboral y el acceso desigual a la salud significaron que, para muchos, la emergencia de 2020 solo intensificó un estado de alerta que ya formaba parte de la experiencia cotidiana.

La Organización Mundial de la Salud estimó que, en el primer año de la pandemia, la prevalencia mundial de ansiedad y depresión aumentó alrededor de un 25 %. La crisis, por lo tanto, no terminó cuando las restricciones fueron disminuyendo. Sus efectos permanecieron en los cuerpos, en las relaciones, en el trabajo y en la forma en que empezamos a relacionarnos con el futuro.

Precisamente en este punto la idea de hipervigilancia ayuda a comprender lo ocurrido. Aunque el término no fue acuñado por una sola persona, adquirió una formulación importante en los estudios sobre trauma a partir del trabajo del psiquiatra y psicoanalista Abram Kardiner, quien estudió los efectos de la guerra sobre los veteranos. Kardiner percibió que el trauma no necesariamente terminaba cuando el peligro desaparecía: personas que habían pasado por situaciones extremas podían seguir organizando su percepción del mundo a partir de la posibilidad de una nueva amenaza. La guerra había terminado, pero el cuerpo permanecía preparado para ella.

Quizá esta sea una imagen poderosa para pensar nuestro tiempo. La pandemia pasó, las restricciones terminaron y la vida volvió a las calles. Pero, ¿recibieron nuestros cuerpos la información de que la emergencia había concluido? Para los grupos históricamente marginados, la pregunta es aún más compleja, porque la sensación de amenaza no comenzó en 2020. La pandemia no creó esa vigilancia; encontró cuerpos que, en diferentes niveles, ya habían aprendido a mantenerse atentos.

Al mismo tiempo, mientras el mundo físico se cerraba, el mundo digital se expandía. La pandemia aceleró nuestra entrada definitiva en una lógica de conexión permanente. En 2021, ya había alrededor de 4,200 millones de usuarios de redes sociales en el mundo, un crecimiento expresivo respecto al año anterior, impulsado precisamente por el período de aislamiento. Unos años después, esa cifra superaría los 5,000 millones. No solo fuimos a internet. Empezamos a trabajar en ella, a relacionarnos en ella, a buscar entretenimiento en ella, a recibir noticias en ella y, cada vez más, a construir nuestra identidad frente a ella.

Esto produjo una transformación importante en nuestra experiencia psicológica. La amenaza dejó de tener horario. Antes, una noticia podía consumirse en momentos específicos del día. Ahora, llega como notificación, video, comentario, meme, opinión, debate e indignación. Una crisis se superpone a otra sin que necesariamente tengamos tiempo para procesar ninguna de ellas. En 2024, el usuario típico de redes sociales pasaba, en promedio, más de dos horas al día conectado a esas plataformas. El problema quizá no sea solo el tiempo que pasamos frente a las pantallas, sino el estado emocional en el que permanecemos mientras estamos en ellas.

Es en este punto donde la hipervigilancia adquiere una dimensión contemporánea. Psicológicamente, estar atento al peligro puede ser un mecanismo de protección. Para grupos históricamente marginados, esa vigilancia a menudo no es una elección ni una paranoia: es una tecnología de supervivencia. Es necesario observar el entorno, medir las palabras, percibir quién está mirando, entender qué espacios son seguros y anticipar posibles violencias. El cuerpo aprende, históricamente, que bajar la guardia puede tener consecuencias.

El problema es que lo que comienza como mecanismo de supervivencia puede, con el tiempo, transformarse en una estructura psíquica. Y después de la pandemia encontramos un entorno tecnológico perfectamente preparado para alimentar ese estado de alerta. Siempre hay una nueva crisis, una nueva amenaza política, una nueva violencia, una nueva guerra, una nueva denuncia, un nuevo retroceso. Siempre hay algo que exige nuestra atención, nuestra reacción y nuestro posicionamiento.

La indignación, que históricamente es una herramienta fundamental de transformación política, también ha pasado a operar dentro de una economía de atención. Cuanto más algo nos moviliza emocionalmente, mayor es la posibilidad de permanecer conectados. Eso no significa afirmar que las redes sociales, por sí solas, causen trastornos mentales. La relación es compleja e involucra factores como vulnerabilidades individuales, contexto social, tipo de uso, contenidos consumidos, comparación social, ciberacoso, calidad del sueño y otros elementos. Pero las autoridades de salud han alertado sobre los riesgos asociados al uso excesivo o problemático y a la exposición continua a determinados contenidos, especialmente entre los jóvenes.

Quizá estemos, entonces, frente a una nueva contradicción: cuanto más conscientes queremos estar, mayor puede llegar a ser nuestra dificultad para salir del estado de alerta. Y eso es particularmente complejo para quien ya lleva una memoria histórica de supervivencia. La resistencia nace de la negativa: negar el borrado, la violencia, la desigualdad y la idea de que debemos aceptar el mundo tal como es. El inconformismo fue y sigue siendo una fuerza fundamental para cualquier transformación social. Sin él, muchos derechos y logros simplemente no existirían.

Pero, ¿hasta qué punto resistimos porque deseamos transformar el mundo y hasta qué punto seguimos luchando porque ya no podemos apagar la alerta?

Esta quizá sea una de las cuestiones más complejas de nuestro tiempo. Porque existe una diferencia entre resistencia y supervivencia permanente. La resistencia puede ser elección, elaboración, creación y construcción de futuro. La supervivencia continua, por otro lado, exige reacción. Nos mantiene preparados para el próximo ataque, la próxima exclusión, la próxima amenaza. Y cuando vivir en estado de emergencia se vuelve una experiencia prolongada, el descanso puede parecer negligencia, la tranquilidad puede parecer alienación y la satisfacción incluso puede generar culpa.

Para quien haya tenido que estar atento durante mucho tiempo, bajar la guardia puede parecer irresponsabilidad. Para quien haya tenido que luchar para existir, estar bien puede parecer acomodación. Para quien haya construido su conciencia a través de la resistencia, imaginar una vida que no esté organizada por la lucha puede producir hasta una especie de vacío. Tal vez sea ese el paradoxo de la hipervigilancia: el peligro puede dejar de estar presente, pero la necesidad de buscarlo permanece.

Las redes sociales intensifican este proceso porque no solo nos exponen al mundo: nos exponen constantemente unos a otros. No solo seguimos los acontecimientos, sino que también observamos cómo reaccionan las personas. Quien se posicionó, quien no se posicionó, quien habló, quien habló mal, quien parece indiferente, quien parece demasiado politizado, quien está produciendo, quien está descansando, quien parece vivir mejor. La vida pasa a ser simultáneamente experiencia y performance, conciencia y vigilancia.

Tal vez sea por eso que algunas personas solo logran sentirse seguras cuando están resolviendo alguna crisis. Después de años viviendo en contextos de inestabilidad, el silencio puede parecer extraño. La tranquilidad puede parecer demasiado temporal para ser confiable. La ausencia de conflicto puede no percibirse como paz, sino como el intervalo antes de que algo malo suceda.

En ese sentido, la hipervigilancia no es solo individual. También es histórica, política y colectiva. La pandemia hizo que esta experiencia fuera más visible y compartida, pero no la creó. Para muchos cuerpos, la emergencia no comenzó en 2020.

Lo que ocurrió fue que una mayor parte de la sociedad empezó a experimentar, aunque de distintas maneras, la inestabilidad y la sensación de amenaza que ciertos grupos ya conocían desde hace mucho tiempo. Sobrevivimos a la pandemia, pero quizá una parte de nosotros se haya mantenido psicológicamente organizada como si la emergencia nunca hubiera terminado.

Y quizá sea precisamente allí donde necesitamos volver a examinar la idea de resistencia. No para abandonarla. La resistencia sigue siendo necesaria. El inconformismo sigue siendo necesario. La indignación sigue siendo necesaria. Pero debemos preguntarnos si estamos construyendo formas de resistencia que nos liberen o simplemente perfeccionando nuestra capacidad de permanecer permanentemente en guerra.

Porque existe una diferencia entre estar consciente y estar constantemente amenazado. Existe una diferencia entre resistencia y agotamiento. Y quizá una de las formas más profundas de emancipación sea comprender que no necesitamos sufrir para demostrar que seguimos políticamente conscientes.

Sobre(vivir) fue — y sigue siendo — revolucionario.

Pero no podemos convertir la supervivencia en el límite máximo de lo que somos capaces de imaginar. Tal vez el próximo gesto radical sea construir una vida en la que podamos bajar la guardia sin desaparecer, descansar sin culpa y experimentar placer sin que eso signifique abandonar la lucha.

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