RioFW: Osklen
El desfile se construye como un paisaje en movimiento. Un Río de Janeiro que no es solo escenario, sino sistema de pensamiento.
Escrito por
Sarah Rocksane AraujoEscrito por Sarah Rocksane Araujo
Redacción, Moda y Belleza
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Osklen regresa a la pasarela como si nunca se hubiera ido, pero con el tiempo inscrito en la piel de las ropas. Hay un silencio entre 2018 y ahora que no es ausencia, es maduración. Este intervalo se manifiesta en aquello que ya no necesita ser probado: un lenguaje consolidado que, en lugar de repetir fórmulas, se permite rarefacer. El gesto es más contenido, pero también más preciso. Como si cada pieza llevara no solo un diseño, sino una memoria de recorrido.
Abrir el calendario en el Palacio de la Ciudad no es solo ocupar un espacio simbólico, es reivindicar un origen. La marca reinscribe su propia narrativa como fundadora de un imaginario carioca que articula la naturaleza y lo urbano sin convertirlos en opuestos. Hay una inteligencia en este reposicionamiento: mientras el sistema de la moda acelera, Osklen desacelera y reapresenta su tiempo como estrategia. El lujo aquí no se ancla en el espectáculo, sino en la coherencia de un proyecto que atraviesa décadas. Los primeros looks instauran una atmósfera casi suspendida. Blancos translúcidos, tejidos que parecen evaporar al caminar, volúmenes que no pesan. Hay una relación sensorial con el aire, con el movimiento, como si el cuerpo fuera menos soporte y más flujo. En contrapunto, el negro aparece como estructura —no solo color, sino diseño. Una línea que organiza la mirada, evocando el paisajismo de Burle Marx sin caer en la literalidad. Es una cita que se disuelve en la construcción de la colección.

La cartela entonces se expande, y lo que era contención se convierte en vibración. El beige de la arena crea una zona de transición, un territorio de pausa, hasta que surgen las manchas líquidas (azules profundos, verdes saturados, rojos) que atraviesan el tejido como pigmento en agua. Hay algo de digital en estas superficies, pero también algo profundamente orgánico. Como si el paseo marítimo de Ipanema fuera reprogramado por una lógica sensible, donde el color y la materia se contaminan mutuamente. Las siluetas operan en el mismo juego de tensiones. De un lado, el fluido: vestidos que deslizan, proporciones que escapan de la rigidez. De otro, lo técnico, piezas deportivas que dibujan el cuerpo con precisión. El long john surge como punto de inflexión: un objeto funcional desplazado al campo del deseo, cubierto por pedrerías que evocan fiesta, noche y celebración. Es en este desplazamiento que Osklen reafirma su capacidad de reconfigurar códigos, de hacer del utilitario un gesto estético.

Los materiales, como siempre, son centrales. Lino, seda, rafia, juta, una materialidad que insiste en lo táctil, en el contacto. El cuero de pirarucu, ya desarrollado por la marca hace años, aparece no como novedad, sino como continuidad de una investigación que articula sostenibilidad y sofisticación. Hay una ética que atraviesa el diseño, pero que nunca se convierte en discurso vacío: se materializa en la elección, en el acabado, en la duración posible de estas piezas. La sensualidad carioca, por su parte, no es caricatura: es construcción. Transparencias, recortes, biquinis mínimos no operan solo como exposición del cuerpo, sino como afirmación de una relación específica con él: libre, solar, consciente de sí. El styling refuerza esta idea al mezclar sandalias, zapatillas, accesorios híbridos, como si la playa y la ciudad fueran un mismo territorio expandido.
Al final, el desfile se construye como una paisaje en movimiento. Un Río de Janeiro que no es solo escenario, sino sistema de pensamiento. Y tal vez sea justo ahí donde reside la fuerza de Osklen: en la capacidad de transformar lugar en lenguaje, y lenguaje en permanencia.
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